- Los hipsters han llegado a Xalapa. Tradicionalmente cuna de intelectuales, escritores, poetas, músicos, librepensadores y demás gente de la carda, ahora pasa a ser víctima de la aparición de estos personajes molestos y ridículos. Lo curioso es que los hipsters xalapeños hablan con acento norteño, al menos los que me tocó escuchar: unos con el golpeado sonoro regiomontano, otros con el cantadito rápido y musical sinaloense, y todavía unos más con el típico sonsonete bilateral de los californianos. Y, por supuesto, ninguno de ellos nació más arriba de Cazones.
- La Ciudad Lluvia es genial, hipsters o no. No hay ningún otro lugar donde amanezca un sol rojo asomándose entre nubes, a las diez de la mañana caiga un agüacero vertical y continuo, en millares de finas columnas de agua; un sol de mediodía ardiente, amarillento y sofocante, de DF en agosto; atardeceres fríos y húmedos, y finalmente, noches de niebla tan cerrada que la ciudad entera adquiere un aspecto irreal y fantasmagórico.
- Comida. Comida everywhere, everytime. Si la gente va a Xalapa a algo, es a tragar a tragar a tragar, que el mundo se va a acabar. Carnes, mariscos, comida japonesa y española, griega y maya. Y los alrededores no desentonan, con las truchas de cinco palos, el café y MÁS truchas en Coatepec y los excelentes quesos y lácteos que jalonan los primeros kilómetros de la Veracruz - México. El paraíso burgués de Xalapa al fin encontró algo en que aliviar su urgencia de frivolidad.
-Still, fuck cars. Si van a Xalapa, prepárense a caminar. No recomiendo a los fuereños que manejen ahi porque es un desmadre, y los taxis los van a masacrar. La ciudad es tan chida que merece recorrerse a pie.
Aparte, el país está lleno de gordos. Walk more, people.
- Orizaba es otra cuestión. La gente es amable y platicadora, al viejo estilo veracruzano. Todo el lugar da la impresión de estar atrapado perennemente en el México clásico, el del milagro económico que nos puso a medio camino entre el futuro brillante y el pasado nostálgico. Sin ser especialmente hermosa, la ciudad es cautivadora, mucho más que otras que presumen arquitectura y/o cultura y/o "progreso", y su gente son puros culeros (I'm looking at you, San Luis).
- Por otro lado, para mi Orizaba siempre ha sido la ciudad que más miedo da de todo México. Y hablo del miedo clásico, ya saben a fantasmas y espíritus y aparecidos y el diablo y etc. Será que me han contado tantas cosas, y que el viejo río que parte en dos a la ciudad realmente parece mantenerse casi como un espíritu que reclama atención, y que sus iglesias viejas y oscuras invitan más al temor y a la desazón que a la oración o al amor cristiano. O sólo es el panteón, silencioso y lleno de rincones oscuros y olvidados, tumbas extrañas y ruinosas o terroríficamente luminosas, y leyendas que van más allá del tiempo en que ahí había panteón. Simplemente genial para un gustoso de los fantasmas como yo.
- Y vivan las orizabeñas. There, I said it.
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domingo, 28 de noviembre de 2010
martes, 21 de julio de 2009
Ciudad Lluvia
Nada cambia aquí. Tal vez hay edificios nuevos, sobre todo en la salida sur de la ciudad, a la cual el gobierno del estado parece empeñada en convertir en una versión pequeña de la zona cercana al Pedregal, Hospital Ángeles incluido. Y también, tal vez, ya hay más pantallas y neón y chingaderas así superfluas por todos lados. Pero, básicamente, las azoteas de los edificios viejos con sus fachadas pintadas o tapizadas de azulejos, siguen ahí, inamovibles, llenas de humedad, moho y trastos viejos.
Rara vez hay tierra realmente seca aquí. Árboles por todos lados, árboles de todos tipos, verde que se empeña en devorar a una mancha urbana que crece furiosa, burguesa, capitalista, cultural, inquieta, fotográfica, viva y rota. Pero verde, joven, ¿inmortal? ¿A pesar de la profecía que dice que morirá bajo el agua?
Y es que eso es lo único que no cambia en Ciudad Lluvia. El agua, el cerro, la gente. Y a pesar de eso, hoy no llueve.
Tal vez algunas cosas sí cambian. Por eso no vivo aquí ahora, y quizá sólo regrese aquí a cerrar el círculo de mi vida, tal como la lluvia cierra el ciclo del agua.
Rara vez hay tierra realmente seca aquí. Árboles por todos lados, árboles de todos tipos, verde que se empeña en devorar a una mancha urbana que crece furiosa, burguesa, capitalista, cultural, inquieta, fotográfica, viva y rota. Pero verde, joven, ¿inmortal? ¿A pesar de la profecía que dice que morirá bajo el agua?
Y es que eso es lo único que no cambia en Ciudad Lluvia. El agua, el cerro, la gente. Y a pesar de eso, hoy no llueve.
Tal vez algunas cosas sí cambian. Por eso no vivo aquí ahora, y quizá sólo regrese aquí a cerrar el círculo de mi vida, tal como la lluvia cierra el ciclo del agua.
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